
Acostumbrarse es lo peor, mirar sin ver, y ver sólo para no pisar por donde no se debe.
Hay que fomentar la capacidad para sorprenderse por cualquier cosa, que no pase por dentro como por obligación, que no se quede en ráfaga cuando debe ser tormenta o precipicio o sacudida.
Una mirada honesta y brutal que te rompa por dentro, leves roturas, de las que no hacen sangre, de las que rompen tejido inútil, de las que abren la visión de las cosas permitiéndonos ver su alma.
Cuanto me gusta mirar cuando es de noche...

