
Me gusta la lluvia, su rumor suave cuando empieza a caer y se desliza sobre el tejado de uralita que siempre la delata. Cálida y oscura, resbala encima de mi cabeza y, aún, sin tocarla puedo sentirla y es entonces cuando me transformo, como si el hecho de la lluvia desencadenara una especie de alter ego capaz de absorber su fuerza, como si la primera gota formase parte de un ritual que suele preceder a la melancolía.
Llueve lentamente sobre la ciudad, sobre sus obras a medio terminar, sobre el asfalto resquebrajado del final de mi avenida, sobre la montaña que se adivina detrás del edificio de enfrente. Llueve sobre las banderas que hondean en los balcones desde el último gol, o la última medalla, y que ahora se agitan con fuerza. Llueve sobre las soledades y sobre las esperanzas, llueve sobre todo y sobre todos y llueve para limpiar, siempre para limpiar.
Llueve lentamente sobre la ciudad, sobre sus obras a medio terminar, sobre el asfalto resquebrajado del final de mi avenida, sobre la montaña que se adivina detrás del edificio de enfrente. Llueve sobre las banderas que hondean en los balcones desde el último gol, o la última medalla, y que ahora se agitan con fuerza. Llueve sobre las soledades y sobre las esperanzas, llueve sobre todo y sobre todos y llueve para limpiar, siempre para limpiar.
1 comentario:
Es por lo único que me gusta la lluvia, por lo que limpia...por lo demás, que mal me cae!
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