lunes, 14 de mayo de 2007




El tiempo, suspendido de tu voz, de la memoria de tu voz que me ha llenado de palabras que nunca supe pronunciar. El tiempo, detenido en el instante en el que atravesaste esa puerta y empezaste a despertarme por dentro.

El tiempo de quererte, de entender que el amor no es cuantificable. El tiempo de observarte cuando duermes, como si pudiera acariciar con la yema de los dedos la bóveda de tus sueños.

El tiempo, doblándose sobre si mismo, permitiéndome cada día verte de nuevo, con el mismo brillo, la misma fe, tú, mi religión, la misma esperanza, la misma vocación de quererte. El tiempo, consintiéndome que cada vez que te beso o me besas, o nos besamos siga siendo, como entonces, la primera vez.

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